sábado, 21 de febrero de 2009

SAN BORONDÓN: La Isla Fantasma

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ISLA DE SAN BORONDÓN: CARACTERÍSTICAS FÍSICAS

Medidas:
87 leguas de largo.
28 leguas de ancho.

Localización:
A 100 leguas de Hierro.
A 40 leguas de La Palma.
En dirección Oeste-Sur-Oeste de La Palma.
En dirección Oeste-Nor-Oeste de Hierro.

Muchos científicos y gente corriente llevan años buscando la isla perdida de la Antlántida, pero aquí en España tenemos nuestra propia isla fantasma , nuestra isla misteriosa , me refiero a la isla de San Borondón. Una isla que según algunos testigos aparece y desaparece al oeste de las islas Canarias. pero vayamos por partes.

Descripción:
Corriendo Norte-Sur, formando hacia el medio una considerable degollada o concavidad y elevándose por los lados en dos montañas muy eminentes, mayor la de la parte septentrional.

TESTIMONIOS

El tiempo ha ido acumulando noticias de gentes que afirmaban haber visto o haber estado en la mágica Isla. Se trata de relatos más o menos objetivos, con visos de testimonio personal y pertenecientes al dominio de lo cotidiano, no leyendas o historias surgidas de la ficción imaginativa o de los derroteros de lo fantástico.

Entre esos testimonios puede señalarse la conversación que nuestro Fray Abreu Galindo mantuvo con un aventurero francés que acababa de estar en San Borondón, y de la que dejó constancia escrita. Aseguraba el francés que en las proximidades de Canarias le sorprendió una tormenta y llegó desarbolado a cierta tierra incógnita, poblada de árboles robustos, donde desembarcó. Allí se aplicó con sus gentes a talar y labrar uno de aquellos árboles para reparar los daños de la nave. Al caer la noche, la atmósfera comenzó a cargarse tanto que no tuvieron por prudente pasar la noche en esa isla y volvieron a su navío, navegando a vela con tanta premura que al día siguiente arribaron a La Palma.

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Por su parte, Francisco Alcaforado, que acompañó a Juan González Zarco en la expedición a la isla de Madera en el año 1420, relata que al llegar a Puerto Santo, los portugueses establecidos allí dos años antes le contaron cómo al Sur-Oeste de aquel horizonte se veían ciertas tinieblas impenetrables que se levantaban desde el mar hasta tocar el cielo. Y que de esas espesas sombras surgía un ruido espantoso cuya causa era oculta, considerando aquel cúmulo de nieblas como un abismo sin fondo o la boca misma del infierno. Algunos de aquellos portugueses tenidos por más cultos, sostenían que aquello era la célebre isla de Cipango, tan nombrado en los escritos del veneciano Marco Polo, y que la Providencia la ocultaba bajo aquel velo misterioso para protegerla de los curiosos, porque a ella se habían retirado algunos obispos españoles y portugueses con muchos cristianos a fin de escapar de la opresión y esclavitud de los moros.

En el año 1570, como resultado de una encuesta que ordenara el doctor Hernán Pérez de Grado, Primer Regente de la Real Audiencia de Canarias, el Gobernador de la isla de El Hierro, Alonso de Espinosa, recibió el testimonio jurado de más de cien personas que afirmaban haber visto San Borondón. Sostenían todos ellos haberla divisado al bando Norte de El Hierro y a sotavento de La Palma. Y era tanta y tan apacible la tranquilidad del día, según afirmaban, que pudieron ver ponerse el sol por detrás de una de las puntas de la Isla.

El mismo año de 1570, el piloto y práctico de navegación brasileño Pedro Vello, y sus dos compañeros portugueses de Setúbal, declararon haber estado en la Isla de San Borondón a donde arribaron inopinadamente empujados por una tempestad. Pedro Vello declaró que saltó a aquella isla con dos marineros de su tripulación, que bebieron agua fresca de un arroyo y que observaron impresas en la arena unas huellas de pisadas mayores del doble de las de un hombre normal, manteniéndose la misma proporción en la distancia entre los pasos. Descubrieron también una cruz fija con un clavo en el tronco de un árbol que les pareció barbusano y la cabeza del clavo era del tamaño de un real de a cuatro. Pedro Vello siguió diciendo que cerca de allí estaban tres piedras colocadas en triángulo, con indicios de haberse hecho fuego entre ellas, quizás para cocer algunas lapas, según se podía deducir por las conchas vacías de alrededor. Con el propósito de aprovisionarse, persiguieron algunas de las vacas, cabras y ovejas que pastaban por los contornos, penetrando en el bosque en la persecución. Pero al caer la noche, se ennegreció el cielo y comenzó a soplar un viento fuerte y recio que hizo temer a Pedro Vello por la integridad de su nave. Retrocedió solo a la playa donde tomó la chalupa y se retiró a bordo precipitadamente, dejando a sus dos hombres en la espesura del bosque. Desde el barco contempló cómo la isla desaparecía y, una vez pasado el huracán, no fue posible volver a descubrirla, quedándose Pedro Vello muy apenado especialmente por no saber la suerte que habían corrido los dos hombres que quedaron en el bosque.

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Si el relato de Pedro Vello, con la aparición de esas huellas de pisadas descomunales, nos remite a la posible presencia del gigante Milduo que encontraron San Brandán y San Maclovio, en el testimonio de Marcos Verde hallamos de nuevo el terror de la noche y los fuertes vientos, común en las narraciones de quienes afirmaron haber estado alguna vez en la Isla. Según le refirió al licenciado Pedro Ortiz de Fúnez, Canónigo Inquisidor y Visitador del Obispado quien inició en Tenerife una investigación sobre la mágica Isla en torno a 1570, Marcos Verde regresaba de la armada de Berbería cuando avistó a la altura de Canarias una tierra enteramente nueva, sin las señales características con que se distinguían las otras del Archipiélago. Costeó la isla hasta anclar su navío en una hermosa ensenada que formaba la embocadura de un barranco y, aunque el sol estaba ya puesto, bajó a tierra con algunas personas que anduvieron un trecho considerable por diferentes sendas, alejándose hasta no oírse unos a otros por más que gritasen. Con la noche se desataron torbellinos de viento tan horribles que tuvieron que embarcar a toda prisa, alejándose de aquella isla que Marcos Verde no dudaba ni un instante que no fuese otra que San Borondón.
Acompañado de un dibujo de la Isla que había avistado desde La Gomera, un religioso franciscano, en el año 1759, escribió una carta a un compañero de congregación narrando su experiencia y hablándole con el estilo sincero de quien no dice más que lo que cree. Esa carta se conoce como “el testimonio del franciscano de la Gomera” y dice así:

Muy R.P.D. Mucho deseaba yo ver a San Blandán y, hallándome en Alajeró, el día 3 de mayo de este presente año, a las seis de la mañana, con poca diferencia, la vi en esta forma; y puedo jurar que, teniendo presente al mismo tiempo la de Hierro, vi una y otra de un mismo color y semblante y se me figuró, mirando por un anteojo, mucha arboleda en su degollada. Luego mandé llamar al cura don Antonio Joseph Manrique, quien la tenía vista por dos ocasiones, y cuando llegó sólo vio un pedazo; y noté, estándola mirando, corrió una nubecita y me ocultó la montaña y, pasando hacia la degollada, me la volvió a descubrir, viéndola como antes sin diferencia por espacio de hora y media, y después se ocultó, estando presente más de cuarenta personas. A la tarde volvimos algunos al mismo puesto, mas nada se veía, por estar lloviendo lo más de la tarde. El horizonte del poniente estaba tan claro que resplandecía como el oro en el cristal, y también noté con el anteojo el mar y traviesa que hay de Hierro a San Blandán. Esto que llevo dicho vi y noté, sin añadir ni disminuir ni un punto. El no verse el fin de la punta que corre hacia La Palma del puesto referido, lo estorba el repecho que llaman Areguerode, y discurro que se hubiera visto mejor de Chipude, de donde se descubre la isla de La Palma. A los dos o tres días que salí de Alajeró se volvió a descubrir, según me dice el hermano fray Juan Manrique, que la vio juntamente con el señor cura y otras personas.

Así han llegado hasta nosotros los ecos de algunas de las voces que han dado fe del avistamiento o la estancia, fugaz, con prisas imprevistas y sustos múltiples en la partida, en la inquietante Isla de San Borondón. Un códice renacentista anónimo afirma en una confusa y ambigua sentencia: Sólo los elegidos pueden ver la Isla de San Borondón. ¿Qué criterios?, ¿cuáles son los signos que señalan al elegido?... ¡Quién puede saberlo! El códice no nos lo aclara. Lo cierto es que como una Ítaca atlántica, la Isla prodigiosa aguarda en el mar, bajo las aguas, a punto de emerger según ignotos designios para desvanecerse luego también, presta, inaccesible, según otros igualmente inexplicables designios. Pero a diferencia de la Ítaca homérica, nuestra Isla no es un destino de arribada, no es la morada familiar que aguarda el retorno tras años de ausencia del hogar. La Isla de San Borondón es un destino a inaugurar. Es una geografía por descubrir, imagen y reflejo, tal vez, de ese ideal que guardamos en nuestros más íntimos sueños y en nuestros más secretos deseos. San Borondón es el territorio de la utopía. Y, en este sentido, puede que quizás sí sea el suyo un destino de retorno: el de la vuelta a ese Paraíso del que los hombres fuimos expulsados en un tiempo en que éramos dioses.

LA ISLA MÁGICA

Decir que San Borondón es una isla mágica es adentrarnos en el territorio de los sueños, en la geografía de los visionarios, en el lugar de los elegidos. Ello se deriva, por supuesto, del carácter esquivo, volátil, intangible, quimérico, en suma, de un pedazo de tierra, emergente sobre el Atlántico y bajo sus aguas fugitivo, cuya verdadera naturaleza aún hoy sigue perteneciendo al ámbito de lo misterioso e inexplicable. La Isla de San Borodón, muy especialmente para los canarios, es patrimonio de la utopía.

El enigmático Honorius Solitarius, en un remoto códice que bautizó con el título de Crónica, advertía ya de lo inaprensible de su condición: La Isla Perdida se encuentra por casualidad, nunca cuando se la busca. Y, si embargo, he de confesar que yo la he visto. Y por dos veces. A estas alturas, con el lento sucederse de los años, sé fehacientemente que vi la Isla. Lo que todavía no sé es si lo que sucedió después de vislumbrarla sobre el mar contra el horizonte fue una de esas ensoñaciones con que la realidad se divierte confundiendo sus límites con lo imaginario en las fronteras de los sentidos. Bien es cierto que, como quería Honorius Solitarius, las dos veces en que la vi, con testigos que pueden constatarlo, no iba en su busca y surgió ante mi mirada fruto del azar. O tal vez no. Repetiré lo que sobre esa experiencia he escrito en otro lugar.

La primera vez que descubrí la Isla de San Borondón fue en 1975. Desde Valle Gran Rey, en La Gomera, divisé la Isla sobre las aguas. Intrigado por aquella aparición, indagué entre las gentes del lugar. Tan sólo un anciano que tenía una de esas tiendas de ultramarinos en las que bebidas y viandas, lápices de colores, cuadernos escolares y toda clase de objetos diversos se acumulan en sus estantes como en un bazar inclasificable y prodigioso, explicó la aparición diciendo que se debía a la “brisa lastosa”, una suerte de bruma espesa que, entre sus características, se contaba la de que “enfebrecía a los jóvenes enturbiándoles el sentido”. Fue la única razón que pudo darme aquel anciano en cuyo rostro se amontonaban los pliegues de la memoria del tiempo. Mi esposa me acompañaba. También la vio y también fue testigo del progresivo empequeñecimiento, como si encogiera, de la Isla. Era mediatarde y a medida que las sombras fueron ganando su batalla incruenta contra las luces, San Borondón desapareció entre el vuelo torpe de fueles enormes y el cloqueo agrio de las gaviotas que llenaba el aire.
En octubre de 1979, esta vez en El Hierro, en Punta Orchilla, donde debía haber agua y nada más que agua, sólo mar y horizonte, se me reveló de nuevo. Mi mujer, que es fotógrafa, llevaba un teleobjetivo de 300 mm. entre los accesorios de su cámara. A través de él miramos. Nosotros y un amigo escritor que actuaba de guía y anfitrión. Como en una de esas malas películas de suspense en las que algo falla en el momento del clímax de la tensión, al intentar fotografiarla comprobamos que se nos había acabado el carrete de fotos. No pudimos apresar su imagen. Antes de que desapareciera por completo, distinguimos nítidamente la gran degollada entre las cimas extremas, y la abundante vegetación que allí había, delatándose por el color verde que menudeaba entre los tonos parduscos de la tierra. Años después sabría que hubo alguien que, con anterioridad a nosotros en aquella ocasión, tuvo más suerte y alcanzó a fotografiarla. La foto de la Isla aparecida en el diario madrileño ABC, el 10 de agosto, día de San Lorenzo, de 1958, lo certifica.

De todo esto, en un juego de literatura, crónica y testimonio, he dejado constancia en el capítulo titulado “Epílogo en la Isla de San Borondón” que cierra mi libro Ritos y Leyendas Guanches, cuya primera edición apareció en la madrileña editorial Miraguano en 1985. De él tomaré algunos de los datos y referencias que expondré en las líneas que han de seguir a continuación.

Publicado por Akiranuse
Información y fuente :
San Borondón : La isla descubierta
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