domingo, 25 de octubre de 2009

Leyenda Urbana: La Cazadora

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Halloween está más cerca , y para celebrar éste día festivo cada vez más popular por todo el mundo os dejo una historia de origen norteamericano pero que se ha extendido como leyenda urbana hasta nuestro país.

La Cazadora

—¡En qué hora se me ocurriría coger la moto!

Roberto se quejaba mientras la lluvia caía sin interrupción sobre el asfalto. Aparcó junto al acceso principal de una discoteca donde, todos los fines de semana se dejaba caer para tomarse algunas copas. Mientras colocaba el candado en la rueda la vio aparecer: una joven de largos cabellos humedecidos, ataviada con un vestido primaveral que apenas si cubría sus formas y que llevaba los brazos cruzados sobre el pecho, como si quisiera retener el poco calor que le quedaba en su cuerpo. Roberto, conmovido por la escena, comprendió que no la podía dejar marchar en aquellas condiciones:

—¡Eh, espera! —gritó. Se quitó su cazadora de cuero para ponérsela a la joven sobre los hombros.
—¡Mírate, estás empapada y congelada! ¡Ven, pasa conmigo, te invito a tomar algo!

La joven accedió y entraron juntos en la discoteca. No se separaron en toda la velada, charlando, bebiendo y divirtiéndose. Roberto se ofreció para acompañar a la muchacha, que dijo llamarse Yolanda, hasta la puerta de su casa.

El amanecer era muy frío, y aunque ya había dejado de llover, el ambiente era húmedo y gélido. Montaron en la motocicleta y ella se aferró fuertemente a su cintura, él notaba sus temblores. Roberto se dirigió en la dirección que la joven le había indicado. Conocía con detalle cada metro de la carretera, se anticipaba a cada curva y en todas le suplicaba que disminuyera la velocidad, tenía mucho miedo a sufrir un accidente. Cuando llegaron, Roberto detuvo la moto junto a la acera. Yolanda bajó a la calzada e hizo el ademán de devolverle la cazadora.

—No te preocupes, ahora no siento frío; si te parece, mañana me paso y la recojo. ¿Cuál es tu piso? ¿Te viene bien a eso de las cinco? —preguntó Roberto.

Yolanda asintió con la cabeza, sin emitir palabra alguna y besó fugazmente sus labios. Inmediatamente desapareció. A la mañana siguiente el joven regresó ilusionado a la casa de su nueva conquista. Una señora de pelo cano abrió la puerta.

—Hola, ¿cómo está? Esto... yo... había quedado con Yolanda para recoger mi cazadora y tomar algo.
La mujer dejó caer el vaso que llevaba en su mano; Roberto se asustó con el ruido de los cristales al estallar en mil pedazos. El rostro de la mujer se demudó:
—Pero... ¿Qué broma es ésta?
—Esto es en serio, señora. Ayer le dejé mi cazadora a Yolanda y quedamos en que vendría a recogerla hoy.

La señora se puso muy nerviosa y pidió a Roberto que describiera a la joven. A medida que escuchaba las explicaciones su expresión se fue tornando aciaga, amarga, y entonces estalló en un llanto desconsolado. Cuando pudo recuperar el aliento alcanzó a decir:
—Justo así era Yolanda, mi hija, pero ella... ¡murió hace cinco años! Un día de mucha lluvia, mientras conducía hacia la discoteca su moto derrapó, su cuerpo quedó destrozado en una curva...
¡Fue horrible! En el cementerio, aquí muy cerca, hay una foto de mi hija incrustada en la lápida. Es la única que conservo. Acompáñame si no me crees.
Fueron ambos hasta el cementerio, a cinco minutos escasos de la vivienda. Roberto, aún escéptico, seguía a aquella mujer que le precedía deslizando sus pies trabajosamente por el peso de la tristeza.

A Roberto le faltó poco para quedarse allí clavado, convertido en una piedra más. Tal como le advirtió la madre de Yolanda, la fotografía, aunque desfigurada por el paso del tiempo, mostraba la imagen de Yolanda tal y como la conoció aquella noche. No podía ser de otra. La joven le sonreía desde la lápida con complicidad. Fue en ese preciso momento cuando Roberto se quedó paralizado. Su cazadora se encontraba apoyada sobre la tumba. No había duda...

Era la misma que le había prestado a Yolanda la noche anterior.

. . . . .

Muchos consideran que esta leyenda urbana es una versión moderna de la chica de la curva. Tiene su origen en Estados Unidos y se trasladó posteriormente a Europa. En España el relato tiene una ubicación específica: la discoteca Androides, situada en la calle Alfares de la localidad de Talavera de la Reina, en la provincia de Toledo.

Un local de moda allá por la década de 1980 y envuelto en infinidad de misterios. Se rumoreaba que se escuchaban sonidos muy extraños: gritos, lamentos, sollozos... También que se habían producido sorprendentes apariciones, e incluso, que de la pared alicatada de los lavabos en ocasiones había manado lo que parecía sangre.

Ésta es una de las pocas leyendas que es posible situar en un local determinado. Al igual que en la leyenda de la chica de la curva, la enseñanza que nos quiere transmitir es que tenemos que estar mucho más atentos en la conducción, en este caso de motocicletas, y sobre todo en los días lluviosos.

 

Fuente e Información: Página de Iker Jimenez

Historia redactada por Alberto Granados

2 comentarios:

Geli dijo...

Por fin de vuelta¡¡¡ BIENVENIDO, Te echaba de menos por la red.

Akiranuse dijo...

Gracias Geli, el descanso ha sido mental pero en realidad lo que necesitaba era unas vacaciones en algún lugar perdido del mundo. Yo también me alegro de haber vuelto.